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viernes, 16 de diciembre de 2011

Del bienestar al bientrabajar

La vieja canción infantil de las tumbas, sin querer ser aguafiestas, se va a tener que cambiar por esta otra: “Déficits por aquí, déficits por allá, déficits, déficits, ja, ja, ja”. Igual pero sin las risas, porque la seriedad del tema no lo permite. Casi todas las Comunidades Autónomas de nuevo cuño político se están estrenando anunciando que además de vacía, la caja común está llena de agujeros y que tardaremos años en remendarlo. Hay una parte de verdad y otra de interés en que el punto de arranque de los nuevos gobernantes sea más que malo para más adelante venderlo como éxito propio, desde lo mal que estábamos. Lo cierto es que con algunas Cajas intervenidas, otras protegidas y las telarañas de las arcas públicas, podemos convenir que la gestión que se ha hecho de los dineros de todos ha sido pésima, continuista en la gestión de la abundancia en la escasez y con dineros no invertidos sino malgastados en prebendas, lujos innecesarios, extensas nóminas no necesarias y gastos de difícil justificación.

Si bien es cierto que la situación económica de los últimos cuatro años no ha sido para tirar cohetes, lo que no es menos cierto es que nuestros pobres gestores de la cosa pública nos han empobrecido a todos y el sacrosanto estado del bienestar vamos a tener que reconvertirlo en bientrabajar.

El estado del bienestar conceptualmente es el ideal máximo al que debemos aspirar como sociedad, sin duda; pero ¿quién paga ese bienestar? ¿Quién lo soporta? ¿Con el dinero de quién? ¿De dónde sale ese dinero que permite garantizar el bienestar? Pensiones, educación, sanidad, infraestructuras, seguridad, todo ello nos facilita el bienestar pero eso lo tenemos que pagar entre todos, pues todos somos los que conformamos el Estado. No es un ente abstracto, usted y yo somos parte de ese Estado y aquí o jugamos todos, mejor dicho o trabajamos todos, o rompemos la baraja del bienestar. Cuando desde determinadas instituciones y opciones políticas se reclaman más derechos, más coberturas sociales (que todos las queremos, yo el primero), lo que debemos pensar es: sí, pero con qué recursos y, por favor, no volvamos al triste recurso de los ricos. Si un Estado no favorece el libre mercado, el enriquecimiento de quien trabaja mejor o piensa mejor, llegaremos al buró político-social de las deseconomías del comunismo que nunca ha funcionado, pues es común para todos menos para las clases dirigentes que son las menos comunes de todas. El Estado, a quienes más ganan, tiene que detraerles parte de sus recursos para redistribuirlo entre los más desfavorecidos, pero siempre dando una de cal y otra de arena. Si vienen varias seguidas de cal, esos, los que más ganan, se irán a ganarlo a otro lugar que más convenga o simplemente lo guardarán debajo del ladrillo a esperar tiempos mejores. Así todos nos empobrecemos y los que peor lo pasan, entonces, son los que menos tienen; puede estar seguro.
Luego, si el Estado tiene que redistribuir la riqueza que impone a sus ciudadanos y estamos de acuerdo en que tiene que ser así, lo que no podemos permitir es que la gestión de los dineros públicos se haga pensando más en el beneficio de la clase gestora que en el de los administrados; eso es imperdonable y los llamados “mercados” así actúan: no perdonan la mala gestión de la cosa pública.

¿Qué tenemos que hacer? Reconocer que vamos a un estado del cuasi bienestar y que para que no lleguemos al estado del malestar, tenemos que bientrabajar y ser conscientes de que ahora toca esforzarnos más para conseguir un poco menos y mientras no seamos más eficientes no podremos conseguirlo.

lunes, 17 de enero de 2011

El Nobel del paro o enseñar a pescar en lugar de dar peces

Nos lo tenían que confirmar, lo que para muchos era evidente. Tenían que venir de fuera para decirnos lo que nos pasa por dentro. Diamond, Mortensen y Pissarides, los tres premios Nobel de Economía de este año, reconocidos por sus trabajos en la modelización de las fricciones que se producen entre la oferta y la demanda de trabajo, nos confirman que las prestaciones por desempleo más generosas dan lugar a un mayor paro y a períodos de búsqueda de empleo (sin encontrarlo) más largos.

Este Nobel no es una novela, no es una ficción inventada, aunque la sabiduría popular siempre nos ha dicho que es mejor enseñar a pescar que dar peces; dicen estos economistas que mejor que indemnizar en exceso es ofrecer oportunidades de mejora y capacitación profesional que se ajusten a la demanda real de mercado. Nos recuerdan que tras una crisis siempre se producen desajustes entre los sectores de la economía que mueren y aquellos que surgen y que requieren unas capacitaciones distintas con una profesionalidad más específica. Y esto sólo lo consigue una formación adecuada a los nuevos tiempos.

Los cambios de hoy traerán los empleos de mañana, las posibilidades que brindan estos cambios son las tierras abonadas del empleo del futuro, el mañana lo tenemos que preparar hoy. ¿Alguien tiene alguna duda a este respecto?

¿Qué tenemos que hacer? Usted, yo, cualquiera en estos tiempos, si queremos aprovechar las oportunidades que surgen en nuestro entorno tenemos que tener, a mi juicio, tres ingrediente esenciales para poder prosperar. El primero y más importante es reconocer la necesidad de reciclar nuestros conocimientos y capacitaciones (en ocasiones simplemente consiste en revisar aquello que es esencial en tiempos de cambio y recordar principios elementales en lo que debe ser nuestro desempeño). En segundo lugar es tener el convencimiento de que queremos ir adelante, de que el pasado es pasado y no mueve molino, y que deseamos adaptarnos a las nuevas circunstancias. Esto siempre se ha llamado “querer”. Y en tercer lugar, para que querer sea poder, necesitamos adquirir las nuevas habilidades, los nuevos conocimientos, el barniz (aunque, en ocasiones, también deberemos acuchillar los suelos de nuestra mente, para que pueda impregnarse el barniz) que nos permita ser productivos para otros o para nosotros mismos, conforme al reto que cada uno tenga planteado y al riesgo que acepte o pueda asumir.

Con esos tres ingredientes el paro dejará de ser una lacra, pero para todo ello se necesita esfuerzo. El personal, que es doble: de un lado para desprender lo que se aprendió y que hoy no sirve y de otro para dedicar tiempo a tareas que, de entrada, nos son costosas hasta que no tomamos el hábito de aprender a aprender, de nuevo. El otro gran esfuerzo lo tienen que poner las instituciones para apoyar e incentivar que si queremos peces nos tenemos que mojar el culto.

Un año de amor

Luz Casal nos ofrecía, años atrás, “Un año de amor”. Dado que estamos a comienzos de un nuevo año y salvando las inmensas diferencias, yo quisiera también cantar por un Año de Amor, de amor y pasión por el trabajo bien hecho, y por las personas con las que nos relacionamos en todos los aspectos de nuestras vidas. Amor por todo lo que hacemos, a lo que nos dedicamos.

Como tengo la suerte de compartir mis ideas con usted y con otras personas de manera presencial, últimamente tengo la costumbre de preguntar, a todos los afortunados que tienen un trabajo: “Y usted ¿cómo considera que hace su trabajo?” La respuesta, casi siempre es: “Bien”. Claro, esta bondad, a secas, de nuestro trabajo, en estos tiempos, es condición necesaria, pero no suficiente para tener éxito en nuestro desempeño profesional. Como consumidores, compradores o usuarios de un servicio estamos dispuestos a pagar el precio justo de aquello que precisamos, pero lo adquiriremos allí donde percibamos implicación, compromiso, en suma, amor por lo que se hace. No, hacerlo sólo “bien” ya no es suficiente, tenemos que hacer nuestras tareas entre “muy bien” y “excelente”. Todo lo que esté por debajo de esos niveles el mercado lo rechazará y sólo lo aceptará si el precio, el reducido precio, lo justifica o la obligatoriedad, casi siempre de lo público, así lo exige.

Quizá al leer estas torpes palabras piense que me refiero sólo a la actividad comercial de quien presta el servicio y no, no es sólo así. El valor de lo que hacemos no es sólo de las personas que están en primera línea de “juego” con otras personas. Tanto en empresas como en instituciones todos estamos entrelazados, como las multimillonarias sinapsis de nuestros neuronales pensamientos, todo tiene que ver con todo. Usted operario, funcionario, comerciante, profesional de la sanidad, contable, vendedor, directivo, am@ de casa o educador, todos los que producimos y generamos valor estamos obligados a la excelencia en nuestros desempeños, a dedicarnos en cuerpo y alma y con pasión a aquello que nos permite ganarnos las habichuelas y además sirve de forja para nuestra satisfacción y profesionalidad.

¿No es cierto que tenemos que trabajar para vivir? Esa es nuestra maldición bíblica al expulsarnos del paraíso de la abundancia hacia el infierno de la escasez. ¿No es cierto que debemos dedicar buena parte de nuestra existencia al trabajo? Pues mire, si lo hacemos con pasión, con implicación, con compromiso y por supuesto con todos los parabienes de la legalidad y de nuestros derechos como trabajadores, si así lo hacemos, conseguiremos, además de beneficiar a otros con nuestras interacciones, la excelencia en el trabajo: que el trabajo deje de ser un trabajo.

En el fondo, y en la superficie, nos merece la pena. Creo que es mejor que el tiempo de trabajo sea satisfactorio a que sea una tortura, la nuestra y la de todos los que nos rodean. Prefiero un año de amor... por lo que hago y por lo que soy.