Muchos de nosotros, ante noticias tan alarmantes como las que traen consigo los atentados terroristas, los asesinatos, la pederastia o los conflictos raciales, religiosos e ideológicos, podemos pensar que estamos ante una sociedad enferma, ante un modo de vida que tiene poco de ésta y mucho de destrucción y de desolación; no nos faltaría razón. Pero mis años, que van sumando, me retrotraen a una época, cuarenta años atrás, en la que había un periódico, El Caso, al que se hacía mucho caso, tanto por los miles que lo leían como por las decenas que daban para llenar sus páginas. El caso es que aquella realidad vista con un prisma lo más objetivo posible, no era tan distinta, en el fondo aunque no en las formas, de la de ahora. Sinceramente creo que, como sociedad y tomando como base el comportamiento de los extremos que siempre la han distinguido, malamente, no hay mucha diferencia entre entonces y hoy.
Sucede que hace cuarenta o cincuenta años nuestra España estaba asentada con toda su población debidamente diseminada. La vida se repartía entre el campo y la ciudad y los hechos luctuosos o criminales aparecían como pequeños destellos en pueblos en los que, hasta entonces, el resto de los ciudadanos nunca había reparado. Tras ese fogonazo el pueblo en cuestión volvía a sumirse, de nuevo, en el anonimato de su normalidad rural y desconocida. Las grandes ciudades no eran tan grandes como lo son en la actualidad. Fíjese, a día de hoy hay catorce ciudades en España que superan la cifra de 300.000 habitantes; urbes lo suficientemente grandes como para que en ellas se pueda acoger todo lo bueno y todo lo malo de una sociedad en cantidad importante como para que sea digno de destacar en cualquier telediario.
Hoy nos concentramos en torno a grandes urbes; el centro de España, como en lo político, se ha despoblado. La gran mayoría vivimos pegados a una costa que suaviza la vida y proporciona importantes ingresos turísticos, mientras que el centro, salvo el oasis capitalino, se vacía de todo lo bueno y, también, de todo lo malo.
Nuestros actuales tiempos no son tan desmerecidos de otros anteriores y si queremos ir a mejor el único camino contra los males sociales es la educación, la cultura y el cultivo de los sanos afectos.
lunes, 17 de enero de 2011
Un año de amor
Luz Casal nos ofrecía, años atrás, “Un año de amor”. Dado que estamos a comienzos de un nuevo año y salvando las inmensas diferencias, yo quisiera también cantar por un Año de Amor, de amor y pasión por el trabajo bien hecho, y por las personas con las que nos relacionamos en todos los aspectos de nuestras vidas. Amor por todo lo que hacemos, a lo que nos dedicamos.
Como tengo la suerte de compartir mis ideas con usted y con otras personas de manera presencial, últimamente tengo la costumbre de preguntar, a todos los afortunados que tienen un trabajo: “Y usted ¿cómo considera que hace su trabajo?” La respuesta, casi siempre es: “Bien”. Claro, esta bondad, a secas, de nuestro trabajo, en estos tiempos, es condición necesaria, pero no suficiente para tener éxito en nuestro desempeño profesional. Como consumidores, compradores o usuarios de un servicio estamos dispuestos a pagar el precio justo de aquello que precisamos, pero lo adquiriremos allí donde percibamos implicación, compromiso, en suma, amor por lo que se hace. No, hacerlo sólo “bien” ya no es suficiente, tenemos que hacer nuestras tareas entre “muy bien” y “excelente”. Todo lo que esté por debajo de esos niveles el mercado lo rechazará y sólo lo aceptará si el precio, el reducido precio, lo justifica o la obligatoriedad, casi siempre de lo público, así lo exige.
Quizá al leer estas torpes palabras piense que me refiero sólo a la actividad comercial de quien presta el servicio y no, no es sólo así. El valor de lo que hacemos no es sólo de las personas que están en primera línea de “juego” con otras personas. Tanto en empresas como en instituciones todos estamos entrelazados, como las multimillonarias sinapsis de nuestros neuronales pensamientos, todo tiene que ver con todo. Usted operario, funcionario, comerciante, profesional de la sanidad, contable, vendedor, directivo, am@ de casa o educador, todos los que producimos y generamos valor estamos obligados a la excelencia en nuestros desempeños, a dedicarnos en cuerpo y alma y con pasión a aquello que nos permite ganarnos las habichuelas y además sirve de forja para nuestra satisfacción y profesionalidad.
¿No es cierto que tenemos que trabajar para vivir? Esa es nuestra maldición bíblica al expulsarnos del paraíso de la abundancia hacia el infierno de la escasez. ¿No es cierto que debemos dedicar buena parte de nuestra existencia al trabajo? Pues mire, si lo hacemos con pasión, con implicación, con compromiso y por supuesto con todos los parabienes de la legalidad y de nuestros derechos como trabajadores, si así lo hacemos, conseguiremos, además de beneficiar a otros con nuestras interacciones, la excelencia en el trabajo: que el trabajo deje de ser un trabajo.
En el fondo, y en la superficie, nos merece la pena. Creo que es mejor que el tiempo de trabajo sea satisfactorio a que sea una tortura, la nuestra y la de todos los que nos rodean. Prefiero un año de amor... por lo que hago y por lo que soy.
Como tengo la suerte de compartir mis ideas con usted y con otras personas de manera presencial, últimamente tengo la costumbre de preguntar, a todos los afortunados que tienen un trabajo: “Y usted ¿cómo considera que hace su trabajo?” La respuesta, casi siempre es: “Bien”. Claro, esta bondad, a secas, de nuestro trabajo, en estos tiempos, es condición necesaria, pero no suficiente para tener éxito en nuestro desempeño profesional. Como consumidores, compradores o usuarios de un servicio estamos dispuestos a pagar el precio justo de aquello que precisamos, pero lo adquiriremos allí donde percibamos implicación, compromiso, en suma, amor por lo que se hace. No, hacerlo sólo “bien” ya no es suficiente, tenemos que hacer nuestras tareas entre “muy bien” y “excelente”. Todo lo que esté por debajo de esos niveles el mercado lo rechazará y sólo lo aceptará si el precio, el reducido precio, lo justifica o la obligatoriedad, casi siempre de lo público, así lo exige.
Quizá al leer estas torpes palabras piense que me refiero sólo a la actividad comercial de quien presta el servicio y no, no es sólo así. El valor de lo que hacemos no es sólo de las personas que están en primera línea de “juego” con otras personas. Tanto en empresas como en instituciones todos estamos entrelazados, como las multimillonarias sinapsis de nuestros neuronales pensamientos, todo tiene que ver con todo. Usted operario, funcionario, comerciante, profesional de la sanidad, contable, vendedor, directivo, am@ de casa o educador, todos los que producimos y generamos valor estamos obligados a la excelencia en nuestros desempeños, a dedicarnos en cuerpo y alma y con pasión a aquello que nos permite ganarnos las habichuelas y además sirve de forja para nuestra satisfacción y profesionalidad.
¿No es cierto que tenemos que trabajar para vivir? Esa es nuestra maldición bíblica al expulsarnos del paraíso de la abundancia hacia el infierno de la escasez. ¿No es cierto que debemos dedicar buena parte de nuestra existencia al trabajo? Pues mire, si lo hacemos con pasión, con implicación, con compromiso y por supuesto con todos los parabienes de la legalidad y de nuestros derechos como trabajadores, si así lo hacemos, conseguiremos, además de beneficiar a otros con nuestras interacciones, la excelencia en el trabajo: que el trabajo deje de ser un trabajo.
En el fondo, y en la superficie, nos merece la pena. Creo que es mejor que el tiempo de trabajo sea satisfactorio a que sea una tortura, la nuestra y la de todos los que nos rodean. Prefiero un año de amor... por lo que hago y por lo que soy.
Besos y Abrazos
En las pasadas Navidades me ha llamado la atención un fenómeno que hace tiempo vengo observando: la vida está muy cara, pero sobre todo en afectos, en muestras de cariño. ¿Qué nos hemos hecho unos a otros para merecer esto?
Los convencionalismos sociales, que en este caso son bienvenidos, nos animan a saludar con mayor o menor efusividad en función del afecto que nos una con una persona. Besos y abrazos son muestras de cariño y si no lo son, si son ortopédicos, somos capaces de percibirlo y en ese caso nos pueden generar rechazo. Ahora bien, cuando los afectos son sinceros ¿qué nos limita a ser expresivos en ellos? ¿La supuesta debilidad trasnochada del que no es un macho ibérico? ¿El pensamiento enrevesado de que existe una intencionalidad distinta de la evidente? ¿Que nos perciban como más “fáciles” o débiles por nuestra emocionalidad? Sinceramente me cuesta pensar en qué nos puede impedir algo así.
Me decía días atrás una persona muy querida por mí al abrazarla y desearla unas Felices Navidades: “Lo siento Antonio, es que yo no soy muy de abrazos”. La neurología cada vez tiene más evidencias que demuestran que como seres emocionales, más que animales racionales, necesitamos el contacto físico, el beso, la caricia, el abrazo y, cómo no, la sonrisa auténtica y afectuosa. Es de cajón que nuestra psique quiere lo que nosotros queremos y siente con todo el sentimiento que nuestra educación, nuestras experiencias y el afecto recibido en el pasado nos permiten.
Hay además todo un catálogo de comportamientos artificiales en el mundo de los saludos; los estrechamiento de manos por puro compromiso, las manos flácidas que parece que sólo sirven para restregarse en otras manos, los besos al aire, las caras, sobre todo femeninas, en las que prima más el maquillaje exterior que el interior, los abrazos sonoros, casi siempre masculinos y cargados de artificio. Con lo fácil y sencillo que es dar un buen abrazo, cuando se siente, un abrazo de calor y color o un beso sentido en labios que transmiten lo que nuestro corazón nos dicta.
No rechacemos nunca un abrazo sincero, cualquier muestra de cariño o de afecto que se entregue sin resquicios. Dejemos impregnarnos por la riqueza emocional de los demás pues en afectos, cuanto más duros nos hagamos, al final más blandos y más frágiles seremos. Y más vulnerables a las descargas emocionales negativas, las que nos hacen enfermar y percibir la vida como una tortura y no como un espacio para la relación satisfactoria que es lo que usted, yo y todos buscamos. Y quienes menos dicen necesitarlo, son los que, en el fondo, más carecen de ello.
Besos y abrazos a todos y cada uno de ustedes.
Los convencionalismos sociales, que en este caso son bienvenidos, nos animan a saludar con mayor o menor efusividad en función del afecto que nos una con una persona. Besos y abrazos son muestras de cariño y si no lo son, si son ortopédicos, somos capaces de percibirlo y en ese caso nos pueden generar rechazo. Ahora bien, cuando los afectos son sinceros ¿qué nos limita a ser expresivos en ellos? ¿La supuesta debilidad trasnochada del que no es un macho ibérico? ¿El pensamiento enrevesado de que existe una intencionalidad distinta de la evidente? ¿Que nos perciban como más “fáciles” o débiles por nuestra emocionalidad? Sinceramente me cuesta pensar en qué nos puede impedir algo así.
Me decía días atrás una persona muy querida por mí al abrazarla y desearla unas Felices Navidades: “Lo siento Antonio, es que yo no soy muy de abrazos”. La neurología cada vez tiene más evidencias que demuestran que como seres emocionales, más que animales racionales, necesitamos el contacto físico, el beso, la caricia, el abrazo y, cómo no, la sonrisa auténtica y afectuosa. Es de cajón que nuestra psique quiere lo que nosotros queremos y siente con todo el sentimiento que nuestra educación, nuestras experiencias y el afecto recibido en el pasado nos permiten.
Hay además todo un catálogo de comportamientos artificiales en el mundo de los saludos; los estrechamiento de manos por puro compromiso, las manos flácidas que parece que sólo sirven para restregarse en otras manos, los besos al aire, las caras, sobre todo femeninas, en las que prima más el maquillaje exterior que el interior, los abrazos sonoros, casi siempre masculinos y cargados de artificio. Con lo fácil y sencillo que es dar un buen abrazo, cuando se siente, un abrazo de calor y color o un beso sentido en labios que transmiten lo que nuestro corazón nos dicta.
No rechacemos nunca un abrazo sincero, cualquier muestra de cariño o de afecto que se entregue sin resquicios. Dejemos impregnarnos por la riqueza emocional de los demás pues en afectos, cuanto más duros nos hagamos, al final más blandos y más frágiles seremos. Y más vulnerables a las descargas emocionales negativas, las que nos hacen enfermar y percibir la vida como una tortura y no como un espacio para la relación satisfactoria que es lo que usted, yo y todos buscamos. Y quienes menos dicen necesitarlo, son los que, en el fondo, más carecen de ello.
Besos y abrazos a todos y cada uno de ustedes.
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