lunes, 17 de enero de 2011

El Nobel del paro o enseñar a pescar en lugar de dar peces

Nos lo tenían que confirmar, lo que para muchos era evidente. Tenían que venir de fuera para decirnos lo que nos pasa por dentro. Diamond, Mortensen y Pissarides, los tres premios Nobel de Economía de este año, reconocidos por sus trabajos en la modelización de las fricciones que se producen entre la oferta y la demanda de trabajo, nos confirman que las prestaciones por desempleo más generosas dan lugar a un mayor paro y a períodos de búsqueda de empleo (sin encontrarlo) más largos.

Este Nobel no es una novela, no es una ficción inventada, aunque la sabiduría popular siempre nos ha dicho que es mejor enseñar a pescar que dar peces; dicen estos economistas que mejor que indemnizar en exceso es ofrecer oportunidades de mejora y capacitación profesional que se ajusten a la demanda real de mercado. Nos recuerdan que tras una crisis siempre se producen desajustes entre los sectores de la economía que mueren y aquellos que surgen y que requieren unas capacitaciones distintas con una profesionalidad más específica. Y esto sólo lo consigue una formación adecuada a los nuevos tiempos.

Los cambios de hoy traerán los empleos de mañana, las posibilidades que brindan estos cambios son las tierras abonadas del empleo del futuro, el mañana lo tenemos que preparar hoy. ¿Alguien tiene alguna duda a este respecto?

¿Qué tenemos que hacer? Usted, yo, cualquiera en estos tiempos, si queremos aprovechar las oportunidades que surgen en nuestro entorno tenemos que tener, a mi juicio, tres ingrediente esenciales para poder prosperar. El primero y más importante es reconocer la necesidad de reciclar nuestros conocimientos y capacitaciones (en ocasiones simplemente consiste en revisar aquello que es esencial en tiempos de cambio y recordar principios elementales en lo que debe ser nuestro desempeño). En segundo lugar es tener el convencimiento de que queremos ir adelante, de que el pasado es pasado y no mueve molino, y que deseamos adaptarnos a las nuevas circunstancias. Esto siempre se ha llamado “querer”. Y en tercer lugar, para que querer sea poder, necesitamos adquirir las nuevas habilidades, los nuevos conocimientos, el barniz (aunque, en ocasiones, también deberemos acuchillar los suelos de nuestra mente, para que pueda impregnarse el barniz) que nos permita ser productivos para otros o para nosotros mismos, conforme al reto que cada uno tenga planteado y al riesgo que acepte o pueda asumir.

Con esos tres ingredientes el paro dejará de ser una lacra, pero para todo ello se necesita esfuerzo. El personal, que es doble: de un lado para desprender lo que se aprendió y que hoy no sirve y de otro para dedicar tiempo a tareas que, de entrada, nos son costosas hasta que no tomamos el hábito de aprender a aprender, de nuevo. El otro gran esfuerzo lo tienen que poner las instituciones para apoyar e incentivar que si queremos peces nos tenemos que mojar el culto.

67, 68, 69 y 70

Recientemente una cadena de televisión hacía pública una encuesta en la que el 93% de la población española estaba en contra de la prolongación de la vida laboral hasta los 67 años. Claro; lo que a uno le extraña de esta encuesta es que haya un 7% de españoles que estén a favor. Pero, como dice un viejo refrán español, no se puede sorber y lamer al mismo tiempo; o trabajamos más o la caja se nos quedará vacía.

Hace ahora cien años, la esperanza de vida de un español medio era de aproximadamente 40 años. Aquellos hombres y mujeres no disfrutaban de los beneficios sociales de una sana jubilación, básicamente porque no hubieran llegado a cumplir los años precisos para este fin (salvo que la jubilación fuera a los 35, cosa harto difícil por entonces).

La edad en la que una persona abandona la actividad laboral en estos últimos años está rondando los 61 años. Pensemos que, para una mujer con una vida prevista en la actualidad de 82 años, esto significa que el Estado (que se nos olvida que somos todos) debe cubrir las necesidades mínimas vitales de esa persona, gastos de sanidad incluidos, durante más de 20 años. En sus inicios, esta prestación estaba pensada para cubrir los últimos cinco años de vida de una persona.

Según cálculos precisos, salvo desastre personal y social, cuando quien les escribe se pueda jubilar la esperanza de vida de un hombre español será de 83 años. Hemos de entender que la esperanza de vida computa toda la vida de una persona, incluyendo en ese valor medio a todos aquellos que fallecen antes de llegar a esa edad; es decir que quienes cumplan 65 años tendrán más posibilidades de llegar, y también superar, los 83 años de esperanza media.

La jubilación viene a ser un plan de pensiones en el que el Estado, en función de nuestras aportaciones, nos garantiza unos determinados ingresos hasta el final de nuestros días. Pero si efectivamente fuera un plan de pensiones, como los que de carácter privado suscribimos para completar o mejorar (quiera Dios que no sean para salvaguardar) nuestra pretendida jubilación, la institución financiera correspondiente nos revertirá justo lo que hayamos aportado más los intereses devengados, ni más ni menos. Es lógico, ¿no? ¿Y cómo es que pretendemos que con la Administración Pública suceda de manera diferente? Pienso que estamos en lo de siempre: lo que es de todos no es de nadie y el Estado nos tiene que garantizar nuestros supuestos derechos, aunque sea materialmente inviable. Por cierto, en un plan privado de pensiones a uno le cuentan sus aportaciones desde el preciso momento en que lo contrata, no con respecto a lo que haya ingresado en los últimos años. ¿Por qué con lo público queremos que suceda distinto de lo que aceptamos y entendemos en el ámbito privado? Digo esto porque la racionalidad económica no nos va a permitir otro escenario que el de que lo que cobremos, cuando nos jubilemos, se corresponda con toda la vida laboral de un cotizante y ponemos el grito en el cielo porque se pretende elevar ese cómputo a los últimos 25 años de vida laboral. No puede ser de otro modo, salvo que consigamos que el dinero salga de debajo de las piedras (no lo he intentado pero lo imagino harto difícil).

No se vaya usted a pensar, querido lector, que quien suscribe estas líneas no estaría mucho más satisfecho si pudiera jubilarse con 50 ó 52 años como tantos compatriotas han hecho durante los dos últimos decenios en nuestro país; me encantaría. De ese modo podría dedicarme a hacer quizá lo mismo que ahora hago, pero con la tranquilidad de desempeñar una tarea por el mero placer de ser útil y aprovechar las limitadas capacidades que uno tiene, sin más obligación. Casi todas las actividades que nos nacen de modo voluntario son mucho más gratificantes que aquellas en las que no nos queda más remedio que desempeñarlas para poder ganarnos el sustento diario; es condición humana.

Igual que con toda persona que me inspira aprecio o cariño, entre las que me incluyo, si su ventura jubilar se ha producido con más presteza de la habitual, me alegro y mucho, pero nunca dejo de pensar y de decir que, desde un punto de vista económico y social, es un despropósito. No es soportable ni asumible. Imaginemos que las cuotas a la Seguridad Social, con la intención de cubrir la jubilación, se sufragaran mediante un impuesto municipal y que cada ayuntamiento llevara a cabo la prestación correspondiente a sus pobladores. Pensemos, por ejemplo, en un ayuntamiento de 100 vecinos en donde 25 son menores de 25 años, 50 son potencialmente activos y 25 jubilados. Cada vecino en activo tiene que cubrir todos los gastos vitales de otro vecino, es decir tiene que trabajar para él mismo y para otro, y la esperanza de vida de estos residentes es de 85 años. ¿Cree usted que ese ayuntamiento se podría permitir que sus vecinos dejaran su vida laboral a los 61 años? No, ¿verdad? Pues vayámonos a dentro de 30 años, multipliquemos esa cifra por 480.000 y ese mismo escenario será el que presida nuestra sociedad. Y no quiero pensar en el modo en que mirarían determinados vecinos “activos” a todos los jubilosos viendo que cada vez cumplen más años…

Por supuesto que es muy reivindicativo, muy “social”, y todo lo maravilloso que queramos, el estar en contra de la ampliación de la edad de jubilación. Al escribir estas líneas parece que uno estuviera echando piedras contra su propio tejado, pues lo políticamente correcto es defender que nos paguen, cuanto más y por menos, mejor. Insisto, me encantaría poder jubilarme mañana mismo, como a cualquiera, pero tengo claro que este año la fecha de jubilación quedará en 67 años y que irá subiendo paulatinamente a 68, 69 y, seguramente, a los 70 el día en que, si llego allá, pueda jubilarme.

La conclusión de la idea que quiero transmitirle es que, como en muchas otras circunstancias de nuestras vidas, lo mejor suele ser enemigo de lo posible y aquí, con nuestras pensiones, o jugamos todos o rompemos la baraja. Yo no quiero que se rompa; ¿usted?

Las empresas enfermas

Uno de los aspectos que más nos desmerecen en comparación con los países de nuestro entorno es el de nuestra baja productividad. En este sentido habría mucho que hablar sobre nuestro grado de empleabilidad y la aplicación de nuestros propios recursos humanos en el trabajo productivo en las empresas. Dentro de estas las hay más o menos productivas en función del grado de salud de las mismas. Las hay más sanas y las hay más enfermas y creo que usted y yo tenemos claro cuáles serán las que mejor afronten estos tiempos de virtuosismo empresarial.

Sí señor, tenemos empresas enfermas. Y de entre todas las razones que llego a distinguir para poder diagnosticar, con toda humildad, a una empresa como enferma encuentro tres síntomas que permiten medir su grado de enfermedad.

El primero de ellos es la rutina que padecen quienes trabajan en empresas con esta enfermedad. La rutina convierte la imaginación y la creatividad en pasto de las llamas del más de lo mismo. La rutina nos embrutece, hace que nuestras capacidades productivas funcionen al ralentí, no hay estímulos, todo es igual que ayer y el fruto de nuestros esfuerzos se limita al cobro de la nómina del mes correspondiente, no hay mayor gratificación. Dicen los expertos que cerca de un 50% de nuestro tiempo de trabajo es rutinario, y cuanto mayor sea más se limitará la creación de valor en la empresa. Más aún cuando el imperativo de hoy es hacer las cosas diferentes para poder diferenciarnos de nuestra competencia y que el cliente reconozca ese valor y pague por ello.

Un síntoma más complejo y que requiere un tratamiento más de choque para poder solventar sus efectos es el de la “departamentalitis”. Adam Smith destacó las ventajas del trabajo especializado, en cadena, pero su extremo puede llevar a la extremaunción de las empresas. La “departamentalitis” no es otra cosa que el hecho de que en una empresa, que responde al mercado bajo el paraguas de una misma marca, de una misma enseña, actúe internamente en compartimentos estancos. Compartimentos independientes unos de otros de modo que las sinergias, los beneficios de compartir esfuerzos, se ven anulados por áreas que en base a sus cuotas de poder o a sus personalismos prefieren navegar en solitario, frente al bien común del conjunto de la propia empresa.

El tercer síntoma es el del “siempre se hizo así”, es el eslogan del inmovilismo más extenuante, el de la aceptación de que cualquier tiempo futuro nunca será mejor que el pasado. Este síntoma está muy ligado a otro menos dañino, pero no por ello igual de común, que es el de “si te mueves no sales en la foto”, también de gran repercusión en el inmovilismo de muchas de las acciones de omisión que brillan en el universo empresarial. En ocasiones comento que si prevaleciera el “siempre se hizo así” estaríamos admirando al inventor de la rueda cuadrada destacando lo bien que rueda y se desplaza. Cuando este síntoma es agudo lo del I+D+i es un insulto a la propia tradición de los modos de actuación de toda la vida, de los que siempre han imperado y que nadie que no quiera salir en la foto puede atreverse a cambiar.

Estoy convencido de que todos los empleados o empleadores que reconozcamos estos síntomas en nuestras empresas al menos tendremos un punto a nuestro favor: reconoceremos nuestro grado de enfermedad y podremos empezar a poner el remedio con procesos de trabajo innovadores. Aprendiendo a formarnos en mayores y mejores habilidades en nuestros desempeños laborales, en el primer caso de los síntomas; con el aprendizaje de las ventajas del trabajo en equipo (sin personalismos) en el segundo, y con el premio e incentivo a que las personas que quieren aplicar procesos de innovación en sus empresas sean valoradas y reconocidas independientemente de los éxitos o de los fracasos que obtengan, valorando el intento, más que el propio resultado que se haya conseguido.

Son muchas las personas que día a día me comentan de las ventajas de la crisis que hemos padecido, en el sentido de que permitirá pulir, mejorar y sanear la actividad productiva de nuestras empresas y el valor y reconocimiento de quienes trabajamos en ellas. Lamentablemente las crisis traen consigo el lastre del desempleo, de los recursos ociosos que como sociedad no estamos dispuestos a pagar pues ya nos han dejado de aportar el valor que antaño le reconocíamos. Esto es duro, muy duro. Pero si queremos mejorar de las enfermedades, de los virus que estamos padeciendo como sociedad en general, y como empresas en particular, no nos queda más remedio que potenciar todo lo que hacemos bien y reconocer lo que hacemos no tan bien como primer paso para poder resolver este marasmo productivo, empresarial, de consumo y social que ahora estamos viviendo. ¡A su salud!